Acabo de terminar de leer El Principito. No es que no lo hubiese leído ya, siempre que cojo ese libro nunca soy capaz de terminarlo; cada palabra, cada sensación y cada sentimiento que se transmite en ese libro se apodera de mí y... me sensibiliza tanto que necesito respirar de toda esa emoción sobrecogedora.
Y al acabarlo, pensaba en cuánto tardó ese pequeño príncipe en comprender que su rosa era única, que no era como las demás, era exclusiva sólo ella en su corazón. Comprendió que aunque había más de un ejemplar de aquella hermosa flor, el tiempo que le había dedicado se había convertido en única para él, cada pequeño rato que había pasado con ella la había hecho más suyo.
Y así he entendido el valor que tiene mi tiempo, en aquello que me esmero por hacer o por lograr, hace que lo haga más mío y por lo tanto más distinto al resto aunque en apariencia tal vez sea idéntico. Es una sensación conmovedora poder sentir que lo que algo o alguien significa para uno mismo, va a ser siempre diferente a lo que significa para el resto.
Y no nos damos cuenta de ello cuando queremos, sino cuando nuestra mente y nuestro corazón, sobre todo nuestro corazón, son susceptibles de empaparse de todas estas emociones embriagadoras. Y entonces lo vemos todo con otros ojos, con los ojos de nuestro corazón.
Subscribe to:
Post Comments (Atom)
No comments:
Post a Comment
Your opinion matters... to me